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jueves, 12 de diciembre de 2019

Esperanza

Era una fría tarde de otoño, una más en la que Lucas podría pasarse horas, que le parecían minutos, mirando por la ventana cada copo de nieve que se posaba sobre el asfalto. Algo que, inexplicablemente, le hacía feliz. Al anochecer le gustaba leerle algún libro a su compañero de habitación, aunque le decían que no podía escucharle, pero él lo hacía de todos modos. Otro de los momentos que más disfrutaba Lucas era cuando su madre o su padre iban a visitarle, algo que ocurría prácticamente a diario. También le entusiasmaba conversar largo y tendido con la abuela de su compañero, a quien consideraba casi como su propia abuela, pues habían pasado tanto tiempo juntos que así lo sentían ambos. A parte de las visitas, la habitual lectura nocturna, o mirar por la ventana, poco más se podía hacer en aquella habitación de hospital. El personal de enfermería a veces le llevaba alguna sorpresa a Lucas, organizada por asociaciones contra el cáncer infantil, para hacer más amena y divertida su estancia en aquel lugar. Él disfrutaba mucho con ello, era un niño muy agradecido, pero sentía mucho no poder compartirlo con su compañero Roberto, que perdió a sus padres en el accidente de coche que le dejó en coma. Los médicos, que consideraban a Lucas un niño bastante maduro a pesar de tener solo 10 años, a veces le explicaban que era imposible saber si su compañero despertaría algún día, aunque él, al igual que su abuela, nunca perdió la esperanza. 
Pasaron los días y llegó el mes de diciembre, que trajo consigo una nevada tan invernal que tuvo al entusiasmado Lucas una semana pegado a la ventana. Un día entre aquel temporal apareció su madre, que fue a hacerle la habitual visita, pero esta vez era algo más especial, pues le preguntó a su hijo qué le gustaría que le regalasen esas navidades. El muchacho, que ya se esperaba esa pregunta, sorprendió a su madre respondiendo que se lo dejaría por escrito, pero que no podría leerlo hasta el mismo día de Navidad, esa era su única condición. Y así hicieron, Lucas escribió en una carta el regalo que deseaba aquellas fiestas, y su madre le prometió que no lo leería hasta el día 25. 
Pero el destino quiso que una piedra más se interpusiese en su camino, y unos días antes de esas fechas tan señaladas, el pequeño Lucas enfermó. Su madre y su padre estuvieron con él todo el tiempo, sin separarse de la cama de la que a penas se podía levantar.
-Mamá, papá, tengo que deciros algo- dijo a penas sin aliento. 
-Dinos cariño- le respondió su padre cogiéndole la mano.
-Quiero que sepáis que os quiero mucho, y no quiero que estéis tristes cuando yo me vaya.
-No digas eso cielo, no te irás a ninguna parte, saldremos de esta, ¿de acuerdo?- dijo su madre casi entre sollozos. 
El chico asintió, porque no quería ver llorar a su madre y a su padre, aunque por dentro tenía la sensación de que aquello no tenía solución. Era algo que llevaba semanas barajando, y a pesar de asimilarlo con fuerza, no podía evitar sentir algo de miedo. Las horas siguientes se hicieron eternas, y por más que ansiaban la recuperación de su hijo, Rodrigo y Amelia veían a través del húmedo reflejo de sus lágrimas cómo Lucas empeoraba por momentos, hasta que aquel pequeño ser de luz no pudo más, e instantes antes de apagarse por completo, dedicó una última sonrisa a quienes fueron las personas más importantes de su vida. 
Finalmente llegó el día de Navidad, y una mujer que intentaba sobrevivir a la peor tragedia que le puede ocurrir a una madre, cumplió la última promesa que le hizo a su hijo, y comenzó a leer su carta:
Queridos mamá y papá, sé que este año ha sido muy difícil para los tres por culpa de mi enfermedad. Tampoco creo que esperéis de mi lo mismo que del resto de niños, pues mi situación es diferente y especial. Recuerdo cómo cada año esperaba la Navidad muy contento porque podría pedirme juguetes para divertirme, como cualquier otro niño, pero este año todo es diferente. He aprendido cosas que no esperaba saber tan pronto, y por ello quiero que este año mi regalo no sea para mi. Tengo la corazonada de que no voy a poder recuperarme, aunque espero equivocarme. Si por desgracia estáis leyendo esto sin mi, quiero pediros que cumpláis mi deseo, ya que yo no podré hacerlo más. Este año lo único que anhelo es que Roberto se despierte. Sé que eso no está en vuestras manos, y que no depende de vosotros, pero prometedme que haréis lo posible por mantener la esperanza, la que siempre tuvisteis conmigo, y yo tuve con él. Ningún niño merece tener una vida tan corta, algo que desgraciadamente ya sabréis. Espero que nunca olvidéis que os quiero mucho, porque yo nunca lo haré. Lucas.
Y así fue como, desde aquellas fatídicas navidades, Rodrigo y Amelia siguieron visitando aquel hospital, para cumplir el deseo de su hijo, dándole a Roberto el cariño fraternal que tan pronto le fue arrebatado, recordando a un hijo que nunca se iría del todo. 

miércoles, 24 de abril de 2019

Cadáver

Buenos días queridas lectoras y lectores. Últimamente estoy bastante ocupado por diversos motivos relacionados con los estudios y mi vida personal, por lo que a penas he tenido tiempo para dedicarme a buscar información sobre algunos temas relevantes que me gustaría tratar las próximas semanas. Sin embargo, os dejaré un relato breve que escribí hace tiempo, espero que os guste.
"Las últimas luces del crepúsculo bañaban débilmente una calle siniestra y solitaria. Las farolas empezaban a iluminar aquel tétrico lugar, relevando de su puesto al sol que volvía a esconderse. Entre dos farolas había un banco vagamente iluminado, y en él se distinguía una extraña silueta. Me acerqué sigilosamente hacia lo que parecía una persona sentada, esperando un autobús que jamás volvería a coger. A pesar de haber visto infinidad de películas de miedo, me seguí acercando, pues la misma curiosidad que mató al gato se apoderó de mí. Cuanto más me acercaba, más curiosidad tenía, ya que la persona de aquel banco no se inmutaba. De repente oí un ruido a mis espaldas, giré bruscamente la cabeza, y al asegurarme de que no había sido nada, volví la vista hacia el banco, esta vez vacío."


miércoles, 13 de febrero de 2019

Febrero

Apareció mi sonrisa tras un acto tan simple como arrancar una hoja del calendario. Ahí estaba, esperándome como cada año, jamás faltaba a su cita. Nunca supe por qué ansiaba cada año que llegase el 31 de enero, las 23:59, solo un minuto. La espera fue larga, 11 meses que, por muy maravillosos que pudiesen ser, no se comparaban con él. Podría decirse que febrero es mi mes favorito, pero pecaría de simple si lo resumiese solo en eso. Es cierto que siempre me gustó más que otros meses, y durante mucho tiempo no supe explicar por qué. Tal vez suene absurdo, pero siempre me he sentido identificado, en cierto modo, con él.
Nunca entendí el calendario, meses irregulares que alternaban días, uno más o uno menos, el caso es que sumasen esos 365, y seis horas, que tiene cada año. Treinta o treinta y uno, así lo quisieron, pero no para él, su tarea sería más importante, diferente y especial. A él le encomendaron solamente veintiocho, cuatro semanas perfectas, con sus siete días cada una, algo maravilloso para un amante de la simetría. Pero, debido a esas seis horas de más que muchos ignoran al año, el mes más pequeño y especial tendría la oportunidad de sumar un día más a su calendario, una vez cada cuatro años. Quizá esa era una de las razones por las que me sentía identificado con él, siempre me consideré raro, diferente, incluso fuera de lugar. Febrero era aquel mes que me hacía sentir especial, incluso en épocas en las que me odiaba a mi mismo.
Pero no fueron solo sus días irregulares los que le hicieron especial para mí. Está exactamente en medio del invierno, mi estación favorita. El frío llama siempre a mi puerta en febrero, con suerte rodeado de nieve, nunca falta. Esa nieve que tan feliz me hace, con la que juego durante horas como el niño que nunca dejaré de ser. Mi cumpleaños, el undécimo día de mi mes favorito, pues si la vida es así de curiosa, once son también los meses que me separan de esa sensación de agrado que me provoca.
Si tuviese que poner un color a los meses, sin duda febrero sería azul, como el cielo despejado los días posteriores a la nieve, mi color favorito. Un color frío, como la temperatura que irradia y tan bien le sienta a mi caluroso corazón. Febrero es frío, azul, especial y nevado, tiene todo lo que me gusta, y por eso me gusta tanto.


miércoles, 30 de enero de 2019

Recuérdame

Laura, Estela, Gabriela, Carmen, Luisa… Eran algunos nombres por los que a veces la llamaba su abuela. Algo común en personas de su edad, pensó ella. La verdad es que Adela era la nieta que toda abuela querría tener, tan atenta, tan simpática. Acompañaba a su abuela a misa, a pesar de no creer en ningún tipo de religión, iba a visitarla muy a menudo, tenía charlas interminables con ella… Incluso se mostraba siempre feliz en su presencia, ocultando su preocupación por aquella palabra que no se atrevía a pronunciar. A pesar de tener tan solo 16 años, Adela era consciente de que aquel problema, tarde o temprano, iría a más. Todo empezó por culpa de aquel dichoso paño de cocina. A nadie se le ocurriría pensar que algo tan insignificante podría ser un determinante para detectar, más bien intuir, un problema tan serio. 

Aquella tarde Adela encontró en la calle, cerca de la puerta, el paño de cocina. Extrañada lo recogió, pensando que se le habría caído a su abuela sin darse cuenta. Esa tarde el cielo estaba mustio, parecía que en cualquier momento comenzaría a llover, sin embargo, la tormenta se desencadenó en aquella cocina.

—Abuela, se te debió caer esto en la calle —le dijo Adela con tono tranquilo.
—Mentira, lo dejé en la cocina —respondió su abuela bruscamente.
—No abuela, estaba en la calle —repitió Adela, esta vez algo preocupada.
—¡He dicho que estaba en la cocina, niña impertinente! —

El silencio se hizo por toda la casa en un instante. En sus dieciséis años Adela jamás había visto a su abuela enfadada. Tal fue su reacción, que tuvo que irse corriendo al servicio para llorar a solas. No entendía qué estaba pasando, quién era esa mujer que la había gritado en la cocina, pues se negaba a admitir que era su propia abuela. Desgraciadamente, no tardó mucho en enterarse de lo que se avecinaba. Al día del paño de cocina le sucedieron el día de las pastillas en el suelo, el día de los grifos abiertos, y la gota que colmó el vaso, el día que a su abuela se le olvidó apagar la cocina de gas. Suerte de la Felisa, su abuela, que una vecina olió algo raro y fue corriendo por si había pasado algo.

Pasaban los días y Felisa no mejoraba, por lo que finalmente los padres de Adela decidieron llevarla a una residencia especializada en casos similares, casos sobre aquella palabra maldita, Alzheimer. La pobre adolescente a veces se echaba la culpa de todo aquello, creía ser la responsable de que comenzase la pesadilla de su abuela, si no hubiese dicho nada sobre aquel dichoso paño de cocina… Tardó un tiempo en comprender que aquella enfermedad se habría apoderado de Felisa igualmente, de un modo u otro.

Un día su abuela enfermó. Ya hacía varias semanas que no podía andar, y a penas se acordaba de comer, a pesar del empeño de las enfermeras que cuidaban de ella. Aquel día Adela fue a visitar a su abuela, como solía hacer muchas tardes, a pesar de que apenas era capaz de reconocerla. Cruzó las puertas de aquella residencia con una sonrisa en la cara, sin saber que aquella sería su última visita.

—Buenos días abuela —dijo Adela al entrar en la habitación. No obtuvo respuesta, aunque tampoco la esperaba, pues la mayor parte del tiempo Felisa no hablaba.
—Sé que no te acuerdas, pero hoy es mi cumpleaños, cumplo diecisiete. Mamá y papá querían llevarme a comer por ahí, pero les he dicho que mi regalo de cumpleaños sería pasarlo contigo, espero que no te importe —le susurró al oído.

Adela pasó la tarde entera con su abuela, leyendo el que fuera el libro favorito de Felisa en su juventud, Fuenteovejuna. Pero al llegar el ocaso, una enfermera entró en la habitación, advirtiendo a la joven de que ya era hora de irse. Pero justo antes de levantarse notó que alguien agarraba su muñeca. Felisa hizo un gesto a su nieta, a fin de que se acercase a ella. Cuando el oído de Adela estaba lo suficientemente cerca de sus labios susurró "feliz cumpleaños", y con la tranquilidad con la que un pájaro se posa en una rama, cerró los ojos y no despertó.


jueves, 25 de octubre de 2018

Amordazada

Buenos días queridas lectoras y lectores. Hoy desgraciadamente, voy a hablar de un tema triste, algo que, a mí, y a cualquier persona con corazón y sentimientos le reconcome el alma. El pasado 23 de octubre murieron asesinadas tres mujeres por violencia de género. Con ellas la cifra asciende, si no me equivoco, a 44 mujeres asesinadas en lo que va de año. Si las sumamos al total de mujeres asesinadas desde el año 2003 en España, los resultados son aterradores, pues casi mil mujeres han muerto en los últimos 16 años por culpa de un machismo abrumador que por desgracia no cesa. A estas cifras habría que sumarle también los asesinatos de niños y niñas, mayoritariamente hijos de las víctimas, que a nuestro pesar sufrieron directamente el mismo maltrato que sus madres. Del mismo modo que no podemos olvidar la cantidad de criaturas inocentes que quedaron huérfanas como consecuencia de esos actos tan atroces.  Por eso, tampoco podemos olvidar a todas aquellas mujeres que, a pesar de seguir vivas, sufren cada día una violencia que no merecen, viven con verdadero miedo, y muchas de ellas no se atreven a denunciar, pues temen que pueda ocurrirles algo peor si lo hacen.

A continuación, publicaré un breve relato que escribí hace un tiempo, y que titulé “amordazada”, reflejando esa impotencia que sufren miles de mujeres víctimas de este tipo de violencia. Para concienciar más aún a todo el mundo sobre el fuerte impacto negativo que causa el machismo en nuestra sociedad, para luchar contra esta lacra que impide a las mujeres ser libres, y para recordar a las que por desgracia lo han olvidado, que no están solas, nunca más lo van a estar. Un pequeño recuerdo a todas esas mujeres que me demostraron la inmensa fuerza que poseen, y les ayuda a luchar para hacer de este mundo un lugar en el que la libertad y la liberación de las mujeres no sea una utopía, sino una realidad.

“Una niña de seis años llama tímidamente a la puerta del baño. Abre la puerta una mujer, joven, con el rostro amoratado. Su madre tampoco sonríe hoy.
En la cocina un hombre hambriento grita. Nada nuevo al parecer, pues la pequeña ni se inmuta ante semejantes quejas, debe estar acostumbrada. La mujer cocina entre sollozos, nada se oye ahora en la casa, solo un triste televisor en el que parece estar inmerso aquel hombre hambriento.
Empiezan a comer, sin dirigirse la palabra. La niña mira a su madre, preocupada, le tiembla el pulso y apenas prueba bocado. Sus ojos reflejan la tristeza de una niñez ennegrecida, de haber visto cosas tan terribles que no podría ni describir. Los ojos de la mujer reflejaban, más allá de los golpes, el verdadero miedo. Temor por seguir viviendo, temor por despertar cada mañana, pues era al abrir los ojos cuando comenzaba su peor pesadilla.
Llegan las cuatro de la tarde y el hombre se va, dando un portazo. A trabajar, al bar, tal vez ambas cosas, eso no importa. Lo importante es que se ha ido, unas horas, las que aprovechan ellas para respirar, aun sabiendo que más tarde la pesadilla continuará.
Cuidadosamente se maquilla la cara, y los brazos, y desaparecen a la vista las múltiples contusiones. Estaba claro que no era la primera vez que disimulaba los golpes. Arregló un poco a su hija y juntas bajaron a la calle.
Al salir se quedó un instante pensativa, mirando hacia la acera de enfrente, donde se hallaba la comisaría. A penas unos metros la separan del lugar, para ella, un abismo.”
Abel Vergara

jueves, 5 de enero de 2017

Las citas

Buenos días queridos lectores. Sé que la entrada estaba prevista para ayer, pero estuve de viaje y no pude publicar nada, lo siento. Pero hoy os traigo otro de mis relatos, con el que también gané un premio en mi instituto. Espero que os guste.

"Estaba listo. Cogió su mochila, como todas las tardes, y se fue a dar un paseo al campo. En la mochila llevaba lo mismo de siempre: un libro, la merienda y un cuaderno con un bolígrafo. Por el camino iba escuchando música, siempre escuchaba música.
Al llegar al cruce se paró. Siempre cogía el mismo camino, pero esta vez decidió cambiar. Cogió el camino de la derecha. A medida que avanzaba se quedaba más perplejo, una cascada adornaba el paisaje y le daba ese toque de armonía tan especial que hacía rebosar en él una inspiración asombrosa para poder seguir escribiendo su libro. Pero justo antes de sentarse en una pequeña roca cercana al río, divisó a escasos metros una casa que pasaba desapercibida, pues se hallaba construida en medio de dos gigantescas rocas. Le pareció tan magnífica que no pudo resistir la tentación de acercarse. Llamó a la puerta y un hombre ya mayor le abrió. El señor, al ver al muchacho con ese rostro jovial tan parecido al suyo años atrás, le invitó a pasar.
Mantuvieron una breve charla en la que el muchacho confesó que tenía una auténtica pasión por la lectura. Entonces, el hombre le hizo una pregunta al joven. "¿Por qué crees que mi casa está situada entre dos enormes rocas?" El chico, que era bastante inteligente, le respondió: "Las cosas tienen más grandeza de la que nuestra perspectiva puede captar. Probablemente quiere que su casa parezca pequeña desde fuera, pero en realidad la casa abarca más terreno del que parece, y seguramente sea porque guarda usted algún tipo de tesoro o algo tan valioso para usted que no podría guardar en una casa común." El hombre se quedó sin habla. El joven acababa de dar en el clavo. Le pidió al muchacho que lo acompañara. Llegaron a una salita pequeña, donde había una estantería con unos pocos de libros. El hombre le pidió al muchacho que cogiera uno de ellos.
El chico, al cogerlo, se asustó, pues la estantería se abrió como si fuese una puerta, que daba lugar a una sala mucho más grande. Al entrar, se quedó boquiabierto, la sala era enorme, y albergaba montones de estanterías llenas de todo tipo de libros. El hombre le dijo al muchacho que se podría llevar el libro que quisiera, pero no se lo daría así como así, debería responder correctamente tres preguntas. Debería adivinar el libro o el autor de tres citas. Al muchacho le pareció fácil, puesto que era un adolescente que conocía mucho a cerca de la literatura. La primera cita era No hay libro tan malo que no tenga algo bueno. El muchacho la adivinó al instante, la cita era del famoso libro Don Quijote de la Mancha. La segunda cita era El problema con el mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras que la gente estúpida está llena de confianza. Este le costó más, pero al final acertó, era una cita del escritor Charles Bukowski.
La última cita era la siguiente, Los libros podrían cambiarlo todo, por eso existen los ignorantes, para evitar que eso suceda. El chico quedó perplejo, sabía que esa frase le sonaba, pero no sabía de qué. Justo antes de adivinarlo, todo se volvió oscuro. El chico despertó.
Todo había sido un sueño, o quizá no todo, pues cuando se levantó y abrió el cuaderno en el que estaba escribiendo su libro, lo supo. Aquella cita, era suya."


sábado, 24 de septiembre de 2016

El bosque de los muertos

Buenos días queridos lectores. Hoy no voy a hablar de temas de actualidad, aunque tengo muchas ideas en mente sobre diversos temas, pero hoy simplemente os voy a compartir uno de mis relatos. Varias personas llevan un tiempo diciéndome que lo publique en el blog, ya que gracias a él gané el concurso de relatos de mi instituto del curso 2015/2016. Así que nada, espero que os guste.

"Era una tarde de mayo inusual. El sol brillaba en lo alto, iluminando valles y praderas, que rebosaban del encanto primaveral que tanto me gustaba. Me decidí pues a dar un paseo por aquellos lares, lejos del contacto humano. Es curioso, pero la naturaleza me agradaba más que aquel pueblo lleno de máscaras hipócritas. Y, hasta aquel día, no supe cuánto puede conectar uno con la naturaleza.
Me adentré entonces en el bosque, con un poco de música como de costumbre. Pensé que tal vez un poco de Chopin alegraría a los animalillos que pudiese encontrarme. Y me sorprendí gratamente, pues una ardilla se me quedó mirando, en vez de huir asustada como hacían las demás. Se fue lentamente, que no corriendo, como insinuando que la siguiese, y así hice. La seguí hasta casi chocarme con un muro de piedra que pasaba desapercibido entre la maleza. La curiosidad me incitó a saltar aquel muro. Lo que vi tras él fue tan hermoso que me quedé perplejo durante unos instantes. Una pradera, tan verde que incluso podía percibirse el olor a hierba fresca con tan solo verla. Y a ambos lados de esta pradera, dos filas de árboles perfectamente alineados. Pensé en lo caprichosa que es a veces la naturaleza, pero esta vez me equivoqué. Aquellos árboles no estaban así por casualidad. En la corteza de cada árbol había una inscripción, junto con una fecha. Entonces me di cuenta de que aquello era un cementerio. El cementerio más bonito que había visto nunca.
Por las fechas de las inscripciones, deduje que la gente que estaba allí enterrada había vivido durante el siglo XVIII. Pero aquello no fue lo que más me sorprendió de las inscripciones, pues en ellas no había palabras de lamento o despedida. Comprendí entonces, que aquella gente no veía la muerte tan oscura y sombría como nosotros. Pues en sus epitafios no pretendían ser recordados, sino dar vida después de su muerte. Porque en ellos rebosaba tranquilidad y felicidad, no la angustia y el adiós que se refleja habitualmente. Hubo uno en particular que me llamó mucho la atención, decía así: No ames lo que eres, sino lo que puedes llegar a ser. Me hizo reflexionar, y llegué a pensar que tal vez aquella persona dijo esas palabras justo antes de morir, como si quisiera expresar que su muerte daría vida al árbol que allí había plantado. Que amaría la forma en que su muerte sería transformada.
Mi forma de ver la vida cambió desde aquel día. Supe desde entonces que teníamos una conexión especial con la naturaleza, pero que muy pocos sabríamos apreciarla. Que lamentablemente el mundo actual estaba destruyendo el planeta que nos dio la vida, devorando a pasos agigantados paisajes, ríos y mares. No podía soportarlo, vivir en aquel mundo destructor. Así que, cuando llegué a una edad avanzada, escribí esta nota, para hacerle saber a aquel que la encuentre, que el árbol pequeñito que está en medio de ese valle, soy yo".

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Oscuros secretos

Sólo y asustado, así se sentía él, con miedo de seguir pero sin fuerzas para quitarse de en medio.
Nunca fue fácil. Siempre había sido ignorado, incomprendido. "No te preocupes" o "no es para tanto" eran las típicas frases de las que ya estaba harto. ¿Qué sabían los demás cómo se sentía? Todos tenemos oscuros secretos, secretos tan fuertes que ni un alma conoce, y que, por nuestro bien, debemos llevarnos a la tumba. Pero, como todo lo que no es contado, los secretos pesan, y duelen. Vivir con algo que ha ocurrido, y no poder contárselo a nadie, es algo aterrador.
La vida de este chico era dura ya de por sí, pero cargar con aquellos secretos solo hacía que empeorar las cosas. Porque aquellos secretos no eran ninguna broma. Lo que él tenía claro, es que esos secretos jamás serían contados. Si salieran a la luz, podría incluso ir a la cárcel. No, él sabía que contarlo no solucionaba nada. El pasado no se puede cambiar. Tendría que vivir con ello toda la vida, por mucho que eso pudiera pesarle.
Pero en estos momentos era el presente y no el pasado lo que le preocupaba. Había hecho llorar a su madre, la mujer que le dio la vida. No fue intencionado. Se iba a duchar cuando su madre le vio el brazo, lleno de cortés. Le preguntó qué era aquello. Él se quedó en blanco, no supo qué contestar. Su madre se fue llorando a la habitación. El pobre muchacho se metió en la bañera, se sentó, y llorando mientras en agua le caía en la cabeza solo podía pensar en una cosa: dolor.
Al día siguiente le explicó a su madre que esos cortes se los había hecho cuando le dio un ataque y no pensó en lo que hacía. La prometió que no lo volvería a hacer, pero se estaba mintiendo a sí mismo.
Quería encontrar una razón lógica de por qué hacía eso, pero no había razón alguna. Y si la había, no era consciente de ella.
Pasaron las semanas, y con ellas aumentaron los problemas. Él era débil, y falló a su promesa. Todo se le vino encima de repente. Ya ni siquiera le relajaba ver cómo corría la sangre por su brazo, ya no sentía dolor, solo angustia y amargura.
Intentaba fingir delante de la gente, pero era incapaz. En ocasiones, y sin saber por qué, se ponía a llorar en medio de una clase, o caminando por la calle. En casa era distinto. No quería que sus padres le vieran así, y cada vez que empezaba a llorar se encerraba en el baño.
Creía que con tantos problemas ahora se habría olvidado de los pasados. Pobre iluso. "Los oscuros secretos nunca deben ser desvelados." Esa frase le venía a la cabeza cada vez que se acordaba de su pasado. No es tan fácil olvidarse de ciertas cosas, y menos si eres la única persona que lo sabe.
Escribir sobre ello ayuda, pero no contarlo todo. Siempre nos guardamos algo, algo que va a parar a nuestros oscuros secretos, y que nunca jamás saldrá de ahí.

sábado, 5 de abril de 2014

Tragedia familiar

Buscando en el baúl de los recuerdos, me he encontrado con una redacción que hice el año pasado. A ver qué os parece. 
TRAGEDIA FAMILIAR
Esa tarde me encontraba mal. No podía aguantar ni un día más. Ya estaba harto de que me dijeran lo que tenía o no tenía que hacer, así que hice las maletas y me fui. No quería saber nada de mi familia, sobretodo de mi padre. Sí, mi padre; aquel señor al que llamaba "papá" no era más que un impostor, un extraño para mi. 
Estaba camino de la estación de tren, cuando de repente me acordé. "¡Mi hermana estaba en peligro!" Así que tiré las maletas y me fui corriendo a salvarla. Ya me temía lo peor. Tenía miedo de no volver a verla, de que estuviera muerta.
Por fin llegué a casa, pero no había nadie. Estaba desconcertado, no daba crédito a lo que veía. Había sangre en el suelo de la cocina y una nota encima de la mesa. La nota decía: La voy a matar. De repente sonó el teléfono y yo, asustado, lo cogí:
-¿Quién es?
-Soy yo, tu hermana. ayúdame por favor. Estoy herida y él me persigue.
-No te preocupes, ¿dónde estás?
.No lo sé, estoy en un pinar, cerca de la carretera, no muy lejos de casa.
-Voy a buscarte, no te muevas de allí. 
No me lo podía creer. Aquel señor al que llamábamos papá, aquel señor que nos leía un cuento cuando éramos pequeños, aquel señor que nos llevaba a comer al campo los domingos , iba a matar a su propia hija. La psiquiatra nos advirtió de que esto podía pasar, que lo teníamos que llevar a una clínica. Pero pensábamos que eso no sucedería nunca, hasta hoy. No tardé ni un segundo en salir a buscarla. Estaba oscuro y las farolas a penas iluminaban la carretera. Yo seguía un rastro de sangre. Más adelante me adentré en el pinar y empecé a buscarla. Oí un grito, y después vi un coche marchar a toda pastilla. Por fin la encontré. La dije que no pasaba nada, que se pondría bien. Pero era demasiado tarde, ya estaba muerta.

Abel Vergara González  3º ESO